Olivia

 

El día que se fue Olivia lo hizo acompañada de nosotros, su familia. Ella se recostó al centro de la sala y la rodeamos. Sabíamos que era el final, de alguna forma estábamos listas y listos, pero creo que nunca se está realmente listo para esto. Estaba tranquila, a pesar de que siempre en su vida fue una loca incorregible. Amaba correr, saltar y jugar, tenía una energía única e inagotable que era difícil seguirle el ritmo. Ahora estaba recostada en el centro de la sala y sus ojos ya grisáceos no podían distinguirnos, pero sé que sabía que estábamos ahí, lo digo por la tranquilidad en que se entregaba a la llegada de la hermana muerte.

A Olivia la encontramos hacía 14 años en una caja, era muy pequeña, estaba también junto a 8 hermanos, todos pequeños. Ninguno abría siquiera los ojos, cuando fueron tirados en esa caja en una plaza cerca de casa. Eran todos muy pequeños, y de no recogerlos iban a una muerte segura muy prematura. No deben haber tenido siquiera 2 semanas de vida.

Debimos convertirnos en madres sustitutas, y aprender a darles leche cada 4 horas, estimularles la guatita para que hicieran su caca, aprender a botarles los gases, limpiarlos, cuidarlos como lo hubiese hecho su madre perra. Nos sorprendimos haber salvado a los 9, ya que la tarea siempre es compleja. Olivia siempre resaltó entre todos ellos. Ella tenía una energía única, y aprendía muy rápido a habituarse en el mundo de los humanos.

Sus hermanos se fueron con otras familias, que espero le hayan dado vidas tan buenas como la que le dimos nosotros a Olivia. Aunque, no miento, fue difícil lidiar con esa energía de loca que tenía. Era una flaca loca, creemos que tenía algo de galgo, por su cuerpo delgado, su cara larga y esa velocidad al correr que nadie la alcanzaba. Era blanca con manchas negras en sus orejas y parte de su lomo. Y sus ojos, sus ojos eran tan abiertos, lo fueron incluso ya en su vejez, cuando ya se volvieron grises por la ceguera.

La Olivia era loca, si, y se mandó harta embarrá… Una vez le comió el celular a mi hermana. ¡Se lo comió! Bueno, no lo tragó, al menos no todo. Mi hermana estaba furiosa con la Olivia. Y ella siempre que se mandaba una cagada sonreía mostrando todos sus dientes, seguramente como diciendo “no me reten, es que no me aguanté”. Siempre voy a recordar esas sonrisas de la Olivia, era difícil enojarse con ella cuando te miraba con esa cara sonriente, donde reconocía que la había cagado, sabías que se había mandado una cagá solo de ver esa sonrisa, ya después veías lo que había sido. Que te rompió algún documento, alguna planta, alguna ropa. Era bien desordenada la Olivia.

¿Se acuerdan de que antes siempre tiraban las cuentas de la luz o del agua para ir a pagarlas? Bueno, menos mal que después era todo digital, porque cuenta que tiraban la Olivia las convertía en challa. Se mandaba mucha embarrá la Olivia.

Ya el último tiempo estaba mal la Olivia. Ya no podía moverse bien pues tenía mucho dolor en sus huesos, había perdido la vista, el oído, y estaba con demencia senil, no nos reconocía y se le veía perdida. Dolía ver que el tiempo llegó tan de pronto y tan encima. Dolía ver que su locura no solo se apagaba, sino que se transformaba en una especie de sombra que le llevaba su esencia despierta.

El día que se fue la Olivia la recostamos en el centro de la sala, la rodeamos. Le dijimos las palabras de amor y agradecimiento por ser tan buena perra, por darnos tantas alegrías. Ella se entregó a su muerte con calma, creo que en ese momento si tuvo lucidez para sentir que su familia estaba con ella y la apoyaba en su viaje. Dio sus últimas respiraciones profundas mientras se dejaba acariciar, y nuestros ojos no pudieron evitar el llanto. La Olivia ya no estaría más para correr, para saltar, para jugar, y para oler cuanto trasero se cruzara en su camino.

Hace ya 2 días de su ida, y el corazón se me recoge, y duele. Sabíamos que era el final, de alguna forma estábamos listas y listos, pero creo que nunca se está realmente listo para esto.

 

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