La abeja y la flor de azafrán
La historia tiene lugar en un jardín. No quiero que se imaginen un bello jardín
rodeado de grandes árboles, riachuelos y una fuente en donde se paseaban bellos peces
koi. No, este era un jardín corriente; es más, era un jardín bastante pobre. El hogar al que
adornaba era reconocida como la vieja casa de la bruja del pueblo, no es que fuera una
bruja realmente, pero los niños tramaban historias sobre ella con sus cabellos canos y su
casa habitada por ella junto a sus gatos. Se decía que hubo una vez un niño en el pueblo
que osó entrar en su jardín y que ésta lo aprisionó y que hoy vivía en su jardín en forma de
gnomo de yeso. También corría la leyenda de que esta bruja alguna vez fue una gran
científica, pero que conoció tanto de mezclas químicas y elementos que más tarde se
adentraría en el mundo de las pociones. A decir verdad, no era bruja para nada, solo una
mujer muy solitaria, pero las historias de su vida estaban cobrando tanta realidad que su
corazón comenzó a marchitarse, secando las tierras que rodeaban su modesta casa. Sea
como sea, era un jardín bastante pobre, y lo hubiese seguido siendo, pero un día entre las
ramas secas de un pequeño azafrán comenzó a brotar una pequeña flor.
Se vio por primera vez una tarde de octubre, estaba avanzando la primavera y
cuando abrió sus pétalos esa tarde de octubre y observó el triste jardín que la rodeaba
comenzó a sentirse desolada.
- ¿Cómo vine a parar aquí? – se preguntaba desconsolada al ver el gris que la
rodeaba. – Soy muy desdichada. ¿Es que acaso no soy digna de un lugar mejor? – Se
cuestionaba la pequeña flor al ver su suerte en aquellas grises y secas tierras. Se sentía tan
triste que el mismo gris de la tierra empezó a borrar lo violáceo de sus pétalos
sumergiéndola en un triste y prematuro estado de sequedad.
Extrañamente, y es que algo de magia debe haber habido en estas infértiles tierras,
la flor vivió largo tiempo. Pasaron los meses, las estaciones, incluso los años, y la gris flor
del azafrán seguía aprisionada dentro de su tristeza, hasta que una calurosa mañana de
otoño se acercó una abeja en busca de polen.
- ¡Ey, tú! ¡Quítate de encima! – gritó enfurecida y a la vez asustada la pequeña flor.
- ¿cómo osas llegar y entrar así dentro de mí? – agregó
- Lo siento mucho – se disculpó en seguida la abeja –. No acostumbro a buscar
flores grises, pero es que el trabajo ha estado muy difícil – dijo, sin pensar en cómo
afectarían sus palabras a la gris flor de azafrán.
- ¿Gris? – dijo sorprendida la flor, quien hasta entonces no había reparado en su
color. - ¿acaso dices que no soy digna de ser polinizada?, ¿te crees gran cosa por poder
volar y volar por distintos jardines y conocer miles de flores, distintas flores, de distintos
colores y tamaños? No necesito que hagas tu trabajo por acá, ¡vete! – dijo la flor entre
sollozos.
- No me malinterpretes – replicó la abeja, que bien sabía que había metido la pata
e incluso la lanceta donde no le correspondía. – No me creo mucho, y lo que piensas de
los jardines es una mentira. Hoy en día hay cada vez menos flores, la gente prefiere las
flores artificiales, pues duran mucho más tiempo, duran incluso años, mientras que
ustedes solo están unos días, con suerte unas semanas. No creo que seas poca cosa, sólo
pensé que eras una más de esas, ya me he equivocado con una azucena de tela hace una
semana.
La flor, que aunque le daba la espalda -o mejor dicho el tallo- a la abeja, se quedó
unos instantes pensando. ¿Es que acaso las otras flores no viven tanto como ella? Ella
recordaba al menos 3 épocas de lluvia desde el día en que llegó a formar parte de este
jardín, serían al menos tres años desde que había nacido.
- ¿Las otras flores, dices, viven sólo unas semanas? – preguntó curiosa.
– Pero claro, todas ustedes viven muy poco. – respondió con certeza la abeja.
– Yo no – replicó la flor. – Llevo acá al menos tres años.
– ¡Eso es imposible! – contestó la abeja.
– Ponme a prueba – dijo la flor, orgullosa –. Ven acá cada semana, verás que el
tiempo no me afecta.
Y así se pusieron de acuerdo: la abeja pasaría una vez a la semana a ver a la flor
gris, y lo hizo, pero a medida que pasaba el tiempo sus visitas se hacían más frecuentes. Ya
estaba claro que la flor era mágica, pero había tres magias aún mayores que cautivaron a
la abeja, y es que -si se habrán dado cuenta- las abejas tampoco suelen vivir mucho, pero
la magia de la flor lo ayudaba a vivir más para pasar más tiempo junto a ella. La segunda
magia es que su compañía le comenzaba a devolver el color violeta original a los pétalos
de la flor. La tercera magia es que se había enamorado.
Una tarde oscura y fría de otoño la abeja llegó como de costumbre a visitar a su
flor cuando ésta vio que la abeja estaba algo torpe en sus movimientos.
- ¿Qué te pasa? ¿te cansaste en volar hasta acá? – preguntó preocupada.
- No es el cansancio, es el frío – respondió la abeja intentando sobreponerse –. No
acostumbramos a salir en estas fechas. Nos es fatal.
La flor abrió sus pétalos dejándole entrar para cobijarse dentro, entonces la abeja
se acurrucó y la flor le acarició con su cuerpo. La abeja comenzó a besarla, y con suaves
movimientos recorría cada pequeño milímetro de su cuerpo. La flor le correspondía con
suaves caricias, con suaves movimientos, y se hicieron el amor tantas veces que sucedió el
amanecer. El amor que brotó desde la flor y la abeja fue tan fuerte que pequeñas
partículas de polen fueron a caer sobre las tierras del jardín, germinando múltiples y
pequeños brotes verdes sobre la -hasta entonces- infértil tierra.
Por la mañana ni la abeja ni la flor despertaron más. Se dice entre las flores que
debieron vivir mucho tiempo sólo para llenar de vida ese jardín, que hoy en día es el jardín
más florido en todo el pueblo. Por las bocas humanas se dice que la bruja en realidad
realizaba milagros; de hecho, incluso el gris cabello de la mujer tomó un color rojizo, por
lo que no en mucho tiempo comenzaron a acercarse a visitarla e invitarla a los eventos del
pueblo. Algunos seres más diminutos dicen que se les ve a los dos, abeja y flor, amándose
en el viento en las tardes de primavera para llenar de flores los jardines. Pero la verdad es
que algunas cosas, sobre todo las más bellas, sólo suceden por amor.
Nota de la autora: Esta historia está basada en hechos reales. Tanto la flor como la abeja
existieron, aunque sus orígenes han sido algo diferentes. He cambiado sus especies para
mantener el secreto del jardín, de la bruja, y de ellos mismos. En realidad, son de especies
algo diferentes. Por lo que, estimado abeja; te pido que vuelvas a polinizar a la flor. Es la
forma más romántica que se me ocurrió para decirte que tengo ganas de otra vez.
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