Las partes que me habitan
Estando
en el vientre me revolvía en las aguas del útero, sintiendo los latidos de mi
madre como un tambor envolviéndome decidí que no quería ser parte de este
mundo, ¿para qué?, aquellos llantos de mi madre no me parecían la mejor razón
para nacer. Tomando aquel cordón que me alimentaba lo enrosqué alrededor de mi
cuello. Para mi mala fortuna decidieron sacarme a través de una cesárea que
anulaba todo intento prematuro por la muerte. Soy la muerte fallida.
A
medida que crecía mi instinto de muerte se hacía cada vez más intenso. A mis
pocos años me llamaba mucho la atención aquel evento inevitable de la vida. Me
entristecía la idea de quedar viva mientras morían los demás, ¿por qué había
que experimentar ese dolor de solo ser espectadora?, entonces pensé en los fantasmas,
quería poder ser un canal con ellos, había algo fascinante en la idea de que la
muerte no lo termina todo y que se pasa a ser una especie de entidad en otro
plano buscando comunicarse con aquel mundo que antes le pertenecía. Debo haber
tenido unos 6 años cuando decidí que quería encontrarlos. No me funcionó, pese
a mis grandes intenciones de comunicarme con ellos no pude encontrar ninguno.
Soy la espiritista fracasada.
Y
al mismo tiempo en que fracasaba con encontrar amigos fantasmales, también
fracasaba en la idea de encontrarlos en este plano. No me importaba mucho. En
realidad, no me esforcé en esa tarea. No encajaba ni quería hacerlo. Era mucho
más divertido jugar mis propios juegos, donde armaba puzles al revés y soñaba
con crear algún gran invento que revolucionara la vida entera, alguna máquina
para darle forma física a los fantasmas o un traductor para mis gatos. Pero si
algo he sido es ser versátil y adaptable, jugaba de todas formas con los demás
aún cuando no fuera del todo entendida. Varios años más tarde supe que todo
esto se debía a que soy autista, y no soy una genio de las matemáticas, sino
más bien una maraña de mañas y complejidades a la hora de socializar. Soy la autista,
soy la rara.
La
adolescencia llegó tarde, desconectada de la gente fui descubriendo el misterio
de los besos y las relaciones amorosas a mayor edad que los demás. Haciéndome
la loca para no demostrar mi inexperiencia terminé besando a uno de mis amigos
para simplemente aprender. La verdad, no me causó nada más que una sensación de
haber completado una tarea pendiente. Después de eso busqué besos en otras
bocas que me llenaran de esa sensación que la gran cantidad de gente de mi edad
parecía sentir con gran intensidad. A mí por mi parte me causaba más una
sensación de duda en qué se sentiría sentir lo que sentían otras personas.
Quise serlo, quise ser de otra forma, quise cambiar de alma, de cuerpo, de
carne, de sangre, de cerebro y entrañas. En esta tarea también falle, solo me
perdí más de mí.
El
sexo se volvió una herramienta para buscarme, para llenarme de otras personas y
así descubrir quién era yo. Y solo comencé a odiarme al descubrir que yo era mi
mayor desconocida.
Y
los años pasaron desarmándome y armándome otra vez, y la muerte tantas veces
buscada en mi niñez se volvió una compañera incluso odiada a ocasiones. Morí
tantas veces y volví a nacer muchas más. Y de a poco me volví uno de mis amigos
fantasmas que se unían en otros planos, y de a poco comencé a hablar su idioma,
de a poco me volví una habitante de las sombras, cruzando el umbral de la vida
y la muerte.
A
mis 37 años retomé el camino de mi Yo niña de 6 años, con libros de estudio y
rituales extraños comencé a estudiar a estos seres de las sombras y otros más.
Dediqué horas a meditar en el vacío, a cruzar el puente, y fue donde comencé a
sentir aquello que creía debía buscar en los besos, en el sexo, en el otro… ese
amor, ese amor por mí y por quien soy. Y lloré. Lloré al verme y reconocerme.
Soy la bruja que cruza los planos, soy quien se descubre en solitario, soy la
artista de las sombras, soy la rara, soy la autista, soy la maga. ¿Y quién soy
sino una mezcla de varias partes que se unen en un cuerpo? Aún no sé bien quien
soy, aún estoy buscando entenderme entre todo lo que me compone. Pero, aun así,
me es imposible imaginarme siendo otra persona.
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