Ariane
La tarde era lluviosa, Ariane había
despertado hacía horas, pero su cerebro siempre tardaba en enviar la señal a su
cuerpo por lo que seguía sintiéndose adormilada y lenta. Dentro de poco tendría
que alistarse para salir al museo donde la esperaban a que diera una de sus
charlas. Siempre la celebraban por aquella forma cautivadora que tenía para
presentar las exhibiciones de manera tan simple y a la vez tan llena de magia.
Ariane en cambio, se sentía una farsante cada vez que las palabras salían de su
boca, una estafadora, una vende-humos, se decía.
“una puede vender caca, siempre y
cuando tenga quien se la compre” se decía.
Activó la cafetera para beber su
segundo café del día, al tiempo que revisaba cada una de las hojas con las
anotaciones de la exhibición que tendría que presentar hoy. La verdad, esto lo
hacía como por acto mecánico, esas hojas solo estarían para recordarle algún
nombre o alguna obra que sonara llamativa, pero en realidad poca atención tenía
realmente en este acto de curar una exhibición. La cafetera sonaba como un
gorgoteo mientras impregnaba la sala con el aroma del café, que se mezclaba con
el olor a cigarro impregnado en las paredes y el olor de la cerveza desvanecida
que quedaba en los vasos que estaban repartidos por la mesita de centro y otros
muebles de la sala.
“cuando vuelva limpiaré esto” – se
dijo, poco convencida de tener ánimo para hacerlo a su regreso.
Se sirvió el café y lo bebió mientras
se arreglaba frente al espejo. Un poco de maquillaje para tapar las ojeras,
algo de rubor que ocultara la palidez del rostro, el delineado que por suerte
le quedó bien a los pocos intentos, tomó su pelo, rápidamente lavó sus dientes,
guardó todo en su bolso de mano, dio su ultima revisión ante el espejo y salió.
El museo por suerte estaba cerca, así
que solo debía caminar unas cuantas cuadras. Era una sala pequeña, pero siempre
se llenaba de esa gente esnob que en realidad poco admiran de arte, sino que
buscan admirar a otros con sus supuestos conocimientos de ella. Ariane lo
ocultaba, pero detestaba a toda esa gente, detestaba fingir ser una persona
interesante y culta, cuando en realidad con suerte podía responder a la vida.
Odiaba ese mundo que le quitaba todo lo bello al arte.
Cuando llegó a la sala vio que aún
estaban terminando de ordenar las obras en las paredes, así que aprovechó para
dar un recorrido mientras observaba y daba algunas recomendaciones a los chicos
de la instalación.
“Mire jefa, esta se llama como usted”
– dijo uno de ellos mientras acomodaba la ficha con los datos junto al cuadro
Ariane sorprendida se acercó y vio el
cuadro, era un collage de 1934, creado por Valentine Penrose.
Algo se sacudió dentro de ella, como
si se activara un deja vú donde se vio a si misma caminando por las calles de
una Francia antigua, donde miraba las esculturas con una visión maravillada del
arte, no aquella que hoy le asqueaba. Recordó su vida creando, amando su
creatividad y su pasión. Sintió la noción del amor, la de una mano
sosteniéndola, la risa de la complicidad, el aroma de café sin cerveza rancia
ni nicotina impregnada. El aliento del amor, del deseo, de la complicidad.
Sintió el orgullo de su trabajo, sintió la pasión por soñar…
“Parece que le gustó, jefa” –
continuó el muchacho, riéndose
“si, si…” decía Ariadne mientras la
imagen se desvanecía, y quería afirmarla, aferrarla a ella, quería volver, pero
todo fue tan intenso y tan breve como el recuerdo de un bello sueño al
despertar.
Sintió una lágrima cayendo en su
mejilla, sintió un dolor en el pecho como el alma desgarrándose, se sintió
golpeada por la realidad. Se sintió amenazada por la idea de continuar la vida
que llevaba.
“¡Voy a volver a pintar!” – se dijo.
Y esta vez si se lo creyó.
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