Shiva y Parvati
Admiraron entonces el vasto mundo que
se abría ante ellos. Era un paraíso, porque tenía todo lo que querían. Shiva,
el dios del caos, admiraba las especies pequeñas que clamarían clemencia, y él,
con aires de diversión, les sostendría en esa duda de si podrían seguir siendo
parte de este mundo. Parvati, en cambio, dominaba la ternura, con su aire
tranquilo se fundía en la tibieza del aire, en el aroma de las plantas y en la
textura de cada puñado de tierra. Juntos eran la dualidad, el desorden y la
calma, el amor y la guerra, la luz y la sombra.
Parvati con su grácil caminar se aventuró a salir del templo que les acogía, y entonces Shiva se abalanzó sobre ella saltando sobre su espalda y haciéndola caer, ella gritó, y Shiva corría divertido mirándola, esperando su reacción. Parvati enojada dejó salir su furia, gruñó y yo, asomándome por la puerta grité: “¡Shiva, deja tranquila a tu hermana!” Shiva me miró con sus ojos verdes bien abiertos, con los pelos de su lomo erizados y dando un salto corrió hacia el patio. Es difícil la tarea de gobernar a los dioses.

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